El Sindrome de la persona exploradora. ¡No puedo parar de aprender!
Algo empezó
a llamarle la atención. Había muchas personas así: les pirraba aprender y
buscaban trabajos que parecían llevarles, más que a la oficina, a la aventura.
«Esto es un
patrón», pensó Arancha Ruiz.
Eran
demasiados. Más que unos raros, parecían una especie. No resultaban conocidos;
mucho menos, catalogados. No tenían nombre ni identidad.
La
consultora de talento agudizó la observación, buscó los parecidos y anotó las
palabras que se repetían en la boca de todos. Después consultó el hallazgo con
psicólogos y científicos. Ninguno le rebatió una letra cuando ella dijo: «He
detectado que hay personas adictas al aprendizaje».
Tan solo uno
de los expertos apuntó un matiz:
—¿Adictos?
¿Crees que adictos es la palabra adecuada?
La adicción
es una voz que suena a fango y perdición. Mejor sería dar otro nombre a este
destacamento de individuos que forman la avanzadilla del mundo. A Ruiz le
pareció bien. Lo rumió un rato y lo que al principio llamó «adicción al
aprendizaje» lo convirtió en «síndrome del explorador».
La asesora
vio que las personas con este hambre feroz de aprender optan por un mismo tipo
de trabajo. «En su carrera profesional, si oyen la palabra nuevo, dicen: ¡Voy!
Les encantan los retos. En cambio, la palabra procesos les echa para atrás. Si
creen que no van a tener libertad para aprender, se van. Necesitan explorar».
Los une algo
más: «Odian las etiquetas». Ese oficio escrito en su tarjeta de visita les
oprime como el nudo de una corbata. Esa etiqueta es una celda que los arrincona
en una identidad para toda la vida y una actividad que se repite una y otra y
otra vez. Esa profesión los convierte en humanos mecánicos que, a ojos de los
demás, no sirven más que para una faena. Es una maldición; un ‘eres peluquero,
pues solo a cortar pelos’.
Esto no
funciona en los individuos con síndrome del explorador. «Es muy difícil ubicarlos»,
dice Ruiz. «Dan la sensación de que están dispersos porque no se cierran a algo
en concreto. No paran de dar vueltas porque están buscando»
Algo más los
une: aman los comienzos. Les gusta la fase de arranque, el punto de partida.
«Son iniciadores y emprendedores».
Poco a poco,
consultoría tras consultoría, Ruiz llegó a una conclusión: «Para estas
personas, la exploración no es un medio; es el fin». No es una forma de llegar
a la meta; es la meta misma.
Puede que
sea una actitud, una habilidad. Incluso un modo de vida. «A estas personas el
aprendizaje les produce placer. Les genera una satisfacción que no les da ninguna
otra cosa». Ruiz aclara que no habla de los empollones que se encierran en una
biblioteca a memorizar temarios: «Estudiar es distinto. El ámbito académico es
un entorno conocido en el que las personas inseguras se sienten cómodas porque
todo está establecido. Les resulta familiar y se sienten protegidas».
Los
exploradores, en cambio, se ahogan en las rutinas y las actividades blindadas
en lo de siempre. «Ellos están en un continuo modo ON. Es gente que necesita
destinar parte de su tiempo de trabajo a investigar y probar cosas nuevas»,
indica la experta en gestión de talento.
A veces la
necesidad es tan intensa que esa primera definición de «adicto al aprendizaje»
que esbozó Ruiz no es exagerada. «El aprendizaje genera placer y el placer
puede llevar a una adicción». Este afán de descubrir tiene mucho en común con
la necesidad de café, tabaco o azúcar. Empieza por hacerse necesario, continúa
haciéndose imprescindible y acaba provocando ira si no se tiene. Es un pozo sin
fondo. Querer saber más y más y más y llegar hasta la ira cuando uno cree que
está perdiendo el tiempo. Como si le robaran la vida y la emoción.
En la
historia quedan estampas de personas que ya lo sentían. Julio Vernecontaba que
se encerraba en su gabinete de trabajo, en el piso más alto y aislado de la
casa; echaba dos vueltas a la llave de la puerta, por dentro, para que nadie
pudiera abrir, y se hacía el sordo cuando su mujer le gritaba desde fuera para
que bajara a tomar el té con las vecinas. El escritor se parapetada, con
cerrojo y todo, de aquellas conversaciones hueras que pretendían robarle su
tiempo de lectura y escritura.
El embudo
creativo
El ingenio
resulta de oleadas de curiosidad, lugares nuevos, espacios desconocidos y
vivencias inesperadas. Dice la head hunter que los fanáticos del aprendizaje
«son más creativos porque la creatividad requiere exploración» y lo explica con
una imagen: un embudo en el que van entrando conocimientos y conocimientos
hasta que un día se conectan entre sí y sale una idea creativa.
Ese picar
aquí y allá nunca se ha entendido («¡A ver si el tío pone ya el huevo en algún
lado!», dicen). No se comprende que alguien eche los raíles de un negocio y lo
abandone cuando rueda por fin («¡Y ahora que empieza a ir bien, se va el
imbécil!», protestan). A pocos le entra en la cabeza que a algunas personas lo
que les gusta es crear, empezar, descubrir y cambiar. La monotonía y la rutina
es la antesala de su muerte.
Pero la
coyuntura actual está sacudiendo esa visión de la vida ideal construida sobre
cadenas: un empleo fijo de por vida, una casa donde echar raíces y un
matrimonio in sécula seculórum. Eran los tres pilares de la seguridad y la
seguridad era la alfombra roja hacia la felicidad. Lo demás era visto como un
despendole estupendo.
Esa aspiración
inmovilista naufraga en tiempo de transiciones: de la era analógica a la
digital, de la era de la información a la era del espectáculo, del capitalismo
globalizado al capitalismo de la vigilancia. Y en tiempo de sacudidas
sobreviven los más flexibles, los que se adaptan al cambio, los que se
esfuerzan por aprender lo nuevo.
Dice Ruiz
que los expertos en búsqueda de talento, como ella, están convencidos de que
esta capacidad de aprender de forma continua es «la habilidad más valiosa del
profesional del siglo XXI». Aunque todo tiene su precio: «El explorador es
difícil de gestionar y a las organizaciones les resulta cara la curva de
aprendizaje de un empleado».
Es tan
importante aprender cada día que se ha hecho necesario un nuevo perfil
profesional dedicado a ayudar a otros a aprender mejor: el learning developer o
learning manager. «Hay tanta información y tanto que aprender que muchas
empresas se han visto con la necesidad de que un experto les ayude a filtrar
las fuentes y organizar el conocimiento», indica Ruiz.
Las personas
exploradoras son indispensables porque «introducen la innovación en las
empresas». Aunque, «¡ojo!», advierte. Tampoco hay que llenar el barco de
Shackletons. «Una empresa no puede estar formada solo de exploradores. Necesita
perfiles distintos. Hacen falta personas que implementen esas ideas». Marineros
que prefieren atar cabos a inventar nudos. O, ya en tierra, el aire
acondicionado de la oficina a los vientos inciertos de la aventura.
Mar Abad

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